Estoy sentada en el Café Juan Valdez de la ciudad amurallada de Cartagena. He pasado cinco días en esta ciudad que parece sumergirte dentro de un cuadro pintado con mil colores donde los personajes de todas las épocas te hablan de sus historias de vida.

Martín, el cochero, te lleva por las callecitas antiguas del que fuera el puerto más importante del Caribe durante la Colonia. Conforme avanza su carruaje te va nombrando las iglesias, museos, plazas y casonas por las que vas pasando.

La plaza Bolivar, el museo de la Inquisición, el museo de Oro, la iglesia de Santo Domingo, la plaza Madrid. Todo se va pintando ante tus ojos en ese ensueño que resulta de la mezcla del calor, el color y los sonidos de Cartagena de Indias.

Luego Martín me cuenta que gana un 30% de lo que recauda por los paseos en carruaje. El resto se lo entrega al dueño. “Va bien. Hoy hice 250 mil pesos y 75 mil serán para mí”, me dice.

Y pensar que el brillo de esta ciudad durante la Colonia se debió a la esclavitud, a los miles de africanos que eran traídos en los barcos, en condiciones deplorables, para ser vendidos junto a la entrada del Reloj . Ahora, en esta plaza solo se siente algarabía, la esclavitud quedó en el pasado y en el recuerdo de sus descendientes.

Gente de todos lados entra por la puerta del Reloj donde bailarines afrocolombianos deleitan al público con sus danzas caribeñas. “Son de Palenque”, me dicen. Del primer pueblo que fue refugio de los esclavos que huían de sus amos. No llegué a Palenque, pero en las plazas encontré a varias mujeres venidas de ese pueblo con sus vestidos multicolores cargando sus bandejas de frutas sobre la cabeza.

La ciudad amurallada no es grande, pero cada rincón guarda un secreto. Por eso, recorrerla te puede llevar días enteros mientras te asombras con cada balcón, con cada color, con cada historia que brota de las ventanas.

Después de los muros están el mar y los barrios. El mar caliente caribeño de arena oscura y olas pequeñas. Todo va en calma junto al mar. En la playa Marbella encuentro a Luis, un estudiante que se gana la vida alquilando carpas y vendiendo bebidas. Por la tarde comparte conmigo su almuerzo mientras me cuenta de su vida en la Universidad de Cartagena, donde estudia para ser químico farmacéutico y practica en un laboratorio de ciencias. “Cuando acabe buscaré trabajo en mi profesión y dejare este negocio. Aquí no me va mal, pero con mi profesión ganaré mucho mejor”, me confiesa. Como despedida me regala un sombrero tejido con hojas de palma. Es divino.

Hay otras playas. Boca Grande es la más recomendada. Será porque ahí están los hoteles cinco estrellas y los turistas se sienten más turistas caribeños. Yo me quedo con Marbella.

De los barrios no puedo hablar mucho, solo vi de pasada los que están entre el terminal terrestre y Getsemaní, el barrio que queda junto a la ciudad amurallada y que también fue parte de ese pasado colonial. Sus casas multicolores aún no se recuperan del abandono en el que cayó Cartagena durante el siglo XIX, luego de la lucha por la independencia, las consecuencias del sitio de Morillo y la terrible epidemia de cólera que la azotó en 1849.

Igual es un barrio encantador, de ‘casas bajas’ de colores, donde vivían las personas con menos recursos económicos durante la Colonia. Las que que tenían más riqueza vivían en las ‘casas altas’ del centro de Cartagena.

Salir de Cartagena es sentir que se regresa del pasado, de un cuento, de una pintura bien pensada, de una siesta de verano junto al mar donde cada sensación tiene un color, un sabor, un aroma y un sonido especial.


Para no perderse en Oxford

He pasado cuatro meses en Oxford. En esa ciudad que parece de cuento, de Alicia en el país de las maravillas y de Harry Potter. Una ciudad invadida por el ambiente de los 38 Colleges de la Universidad de Oxford y por un idioma inglés de acentos variados provenientes de todos los continentes.   He disfrutado explorando la ciudad y cada rincón que he descubierto me parece simplemente encantador.

Museos, bibliotecas, iglesias, casonas, jardines, parques, tiendas, bares, y lugares que a veces no sé qué son. Pero están ahi, en cualquier calle, con una historia para contar.

Llegué como visitante académica -eso dice en mi carnet del Green Templeton College de la University of  Oxford- para hacer una investigación en el Reuters Institute for the Study of Journalism (RISJ). Mis días -según mi estatus académico- transcurren entre seminarios, bibliotecas, reuniones con mi supervisor, entrevistas y la redacción de mi investigación. Pero no todo ha estado dedicado a mis sesudos pensamientos. También he tenido tiempo -como dice James Painter, director del Journalism Fellowship Programme del RISJ- para salir, recorrer lugares, juntarme con amigos y disfrutar de Oxford.

Green Templeton College

Mi college, el Green Templeton

La Fiscal II

La idea fue de Roger. Escribió un post en el grupo Lima del Couch Surfing invitando a visitar el barrio Loreto, en el Callao. Un barrio marcado por las historias de los adolescentes y jóvenes muertos antes de tiempo, cuyos retratos se veían hasta hace poco en las paredes de las fachadas de la cuadra ocho de la calle Loreto, en la ‘cripta’, como solían llamar a ese espacio de arte urbano que servía para no olvidar a los que se fueron.

Solo tres llegamos a la convocatoria: Roger -obviamente él no podía faltar- Vivi y yo. Posiblemente porque se trataba de un  sábado a las 9 de la mañana, y ese día no es fácil levantarse temprano.

En el Callao nos esperaba Juan, el chico que tuvo la idea de organizar esta visita. Quería mostrarnos su barrio y hablarnos de su sueño de convertir a Loreto en un lugar para visitar, un lugar sin miedos, sin violencia, sin prejuicios, sin el estigma de zona prohibida.

Exquisitos chicharrones para empezar el día.

El encuentro fue en el mercado del primer puerto peruano, donde los puestos de chicharrones tienen nombres chinos.

De allí caminamos hasta la cuadra 8 de Loreto, mientras Juan nos iba  contando de sus  casas y quintas antiguas, de la AJU (Asociación de Jóvenes Unificados) y de las ganas que tiene de que los jóvenes como él se alejen de la violencia, de las drogas… y de la muerte. “Para las autoridades es a veces es más fácil dejar que la droga pase, en lugar de invertir en los jóvenes, de crear oportunidades”, dice. “Aquí nunca nos ha importado quien gana las elecciones, ni quien sale elegido presidente, porque nuestra vida no depende de eso”, agrega. Y bueno, tiene razón.

Pasaje los 4 Huecos

Una antigua quinta en el barrio Loreto.

La caminata nos lleva por el pasaje Los 4 Huecos, el solar Pablo-María,  la quinta Santa Celina, todos lugares antiguos, con 50, 70, 100 años de vida. Después entramos a Fiscalía II, una especie de parque de cemento rodeado de casas de colores. Es lindo, alegre, nada cercano a lo que se dice en las notas policiales cada vez que se habla de los Barracones del Callao.

Detrás aparece la playa Mar Brava. Sucia. Y unos niños se acercan corriendo. Están tratando de atrapar pelícanos “para comer” nos dicen. Regresamos a la cuadra 8 de Loreto.  Y Juan vuelve a contar de su sueño de organizar al barrio para hacer visitas guiadas por los Barracones y de su trabajo con la AJU para evitar que los niños del barrio se conviertan en una imagen más de la cripta de los muros del barrio Loreto en el Callao.

El único lugar que tenemos para vivir.
El único lugar que tenemos para vivir.

Yann Arthus-Bertrand es un genio con las imágenes. Te las presenta desde el cielo y te lleva a volar junto con él sobre volcanes, lagunas, nieve, campos de cultivo, bosques, pequeños pueblos y gigantescas ciudades. Sus fotografías son impresionantes, con esos pequeños detalles que las hacen completamente originales, esos que parecen pintados, que parecen colocados exclusivamente para él.

Las imágenes de su proyecto Earth from Above -que recorrieron todo el mundo en muestras abiertas en parques y plazas – han cobrado movimiento en su documental Home, un verdadero llamado a la reflexión sobre la situación de nuestro planeta.

El film, presentado el 5 de junio  en un estreno mundial para recordar el Día Mundial del Medio Ambiente, nos sumerge en la historia de millones de años de creación de la Tierra, para luego confrontarnos con la destrucción de nuestros últimos sesenta años. “Nos queda solo 10 años para evitar la destrucción del planeta” nos dice en un momento la voz en off de Salma Hayek (en la versión en español). Después, los problemas generados por el cambio climático serán irreversibles…

Mirador de Santa Ana

Mirador de Santa Ana

Los Andes se ven fabulosos desde el aire. La última vez que llegué a Cusco lo hice sin un plan definido y sin la agenda del día que nos quita la libertad de no hacer nada. Era setiembre, algo de frío y también de Sol.

Había estado varias veces en la Ciudad Imperial (así la llamamos los peruanos). Pero esta vez quería solo ‘estar’. Sin preocupaciones, sin planes, sin tours, sin tener que pensar que a Cusco hay que explotarlo desde el primer minuto para conocerlo mejor.

Cansada y despreocupada llegue al hospedaje El Artesano -gracias a la recomendacion de Renzo Guerrero que por ese entonces andaba de corresponsal en Cusco- y conseguí mi cuarto por 17 soles. Arriba, en San Blas, en la zona de los artistas; de los bohemios; de las noches juergueras; de los bares chiquitos, acogedores, amigables.

El mismo día descubrí el Coca Shop, un lugarcito tranquilo con el mejor mate de coca del Cusco -eso creo- con su limoncito y una revista para acompañar la soledad. Luego caminar, comer, andar. Un día como cualquiera, sin tour de por medio, explorando la ciudad.

Esas caminatas me llevaron al barrio de Santa Ana, en una cuesta a la que tuve que llegar en combi de 50 céntimos. Y bajar caminando por sus callecitas empinadas. Arriba, desde el mirador hice las fotos del atardecer.

Había estado cinco veces en Cusco y nunca había subido a Santa Ana, no sabía de su mirador y menos de sus callecitas donde puedes chocarte con un lugar para practicar escalada en roca. A esa hora, cuando entré, cinco niños estaban subiendo por las paredes, mientras el dueño del local les advertía que solo podían quedarse media hora.

Intenté trepar, solo pude unos metros. Los niños pasaban sobre mi cabeza. Yo seguía intentando subir y no caer. Salí de la pared de piedra con la sensación de haber encontrado otra imagen de Cusco, la menos visitada, la menos tuŕistica, la de la ciudad que vive cada día.

y la euforia total

y la euforia total

El concierto que había esperado durante años y que pensé jamás vería llego el viernes 14 de noviembre. Fue un conciertazo y me hizo gritar más que nunca. Por fin R.E.M. estaba en Lima.

Y yo también estaba ahí, en un concierto que en agosto escuché por teléfono cuando Robert me llamó desde el festival del Sziget, en Budapest, Hungría, mientras mi grupo favorito tocaba.

Era un viaje frustrado, uno de esos viajes que uno piensa, planifica, hace números y finalmente te das cuenta de que no será posible concretarlo.

Mi interés por el Sziget (www.szigetfestival.com) había empezado cuando supe que se trataba de un festival impresionante, que desde hace 15 años años reúne a por lo menos mil grupos de música para convertir a la Hayógyári Sziget u Óbuda Sziget -isla en el Danubio- en un centro de diversión, inspiración, creación, juego y disfrute durante una semana.

Pero las ganas de llegar a ese festival me desbordaron cuando me enteré que este año R.E.M. estaría en el gran escenario internacional el 16 de agosto. Escenario que en esta versión también llevó a Iron Maiden, Sex Pistol, Jamiroquai, Die Ärtze, y muchos más.

Busqué online los pasajes de avión, planifiqué la fecha de vacaciones para llegar justo al concierto, pensé en cómo pagar mi viaje. Pero nada, los números no me ayudaban, mi presupuesto no daba para ir al concierto de R.E.M.

Semanas después de escucharlo por el móbil leí la escueta nota de que R.E.M llegaría al Perú. El anuncio en condicional me llevó a su web remhq.com para comprobar que, efectivamente, estarían en Lima el 14 de noviembre. Lo demás es historia y pura euforia.

Este año no llegué a Hungría. No estuve en el Sziget. No comí gulash ni tomé unicum en Budapest. No cogí mi mochila para perderme en el Woodstock del siglo XXI. Fue un viaje que no hice, pero que imaginé gracias a la magia de la música.

He viajado muchas veces. Lo hago cada vez que puedo y espero seguir haciéndolo por siempre. Viajo por placer, por trabajo, para ver amigos, por aventura, por descubrir otros mundos, porque no me puedo quedar mucho tiempo en un mismo lugar. Pero principalmente, viajo para encontrarme con otras culturas, otras costumbres, otras formas de pensar y de ver el mundo, y también otros viajeros, que, al igual que yo, buscan más allá de sus fronteras (que no significa solo los límites territoriales).

Pero viajar no siempre es fácil. Los más seguros contratan un tour y se ajustan a la agenda que les presentan. Los seguros, pero con poco dinero, buscan uno o viarios partners para enfrentar juntos las aventuras, disfrutar los buenos ratos y tener quien le tome la foto con Machu Picchu de fondo. Pero los aventureros solamente cogen su mochila (o lo que quieran llevar) y se van sin planes establecidos, sin direcciones precisas pero con hartas conexiones hechas por Internet, con el libro ‘para los ratos libres’, con el dinero suficiente (a veces) para no morir de hambre ni de ‘sed’, y con las ganas de conocer todo lo que se pueda: sitios históricos, museos, bares, parques, calles, tiendas y centros comerciales, restaurantes y ‘huariques’, ‘points’, buses y ‘combis’, trenes, subterráneos. Y por supuesto conocer gente, encontrar viejos amigos y unirte a esa enorme legión de viajeros que ya camina por el mundo.

Viajar no solo es una experiencia, para muchos es una forma de vida y he conocido a quienes llevan uno, dos, tres o cinco años recorriendo el mundo. Para mí, cada vez que agarro mi mochila para embarcarme en una nueva aventura pienso en lo emocionante que es salir en busca de un lugar diferente, donde no sabes qué te va a pasar, a quien vas a encontrar y cuantos viajeros más vas a conocer.

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