y la euforia total

y la euforia total

El concierto que había esperado durante años y que pensé jamás vería llego el viernes 14 de noviembre. Fue un conciertazo y me hizo gritar más que nunca. Por fin R.E.M. estaba en Lima.

Y yo también estaba ahí, en un concierto que en agosto escuché por teléfono cuando Robert me llamó desde el festival del Sziget, en Budapest, Hungría, mientras mi grupo favorito tocaba.

Era un viaje frustrado, uno de esos viajes que uno piensa, planifica, hace números y finalmente te das cuenta de que no será posible concretarlo.

Mi interés por el Sziget (www.szigetfestival.com) había empezado cuando supe que se trataba de un festival impresionante, que desde hace 15 años años reúne a por lo menos mil grupos de música para convertir a la Hayógyári Sziget u Óbuda Sziget -isla en el Danubio- en un centro de diversión, inspiración, creación, juego y disfrute durante una semana.

Pero las ganas de llegar a ese festival me desbordaron cuando me enteré que este año R.E.M. estaría en el gran escenario internacional el 16 de agosto. Escenario que en esta versión también llevó a Iron Maiden, Sex Pistol, Jamiroquai, Die Ärtze, y muchos más.

Busqué online los pasajes de avión, planifiqué la fecha de vacaciones para llegar justo al concierto, pensé en cómo pagar mi viaje. Pero nada, los números no me ayudaban, mi presupuesto no daba para ir al concierto de R.E.M.

Semanas después de escucharlo por el móbil leí la escueta nota de que R.E.M llegaría al Perú. El anuncio en condicional me llevó a su web remhq.com para comprobar que, efectivamente, estarían en Lima el 14 de noviembre. Lo demás es historia y pura euforia.

Este año no llegué a Hungría. No estuve en el Sziget. No comí gulash ni tomé unicum en Budapest. No cogí mi mochila para perderme en el Woodstock del siglo XXI. Fue un viaje que no hice, pero que imaginé gracias a la magia de la música.

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