Mirador de Santa Ana

Mirador de Santa Ana

Los Andes se ven fabulosos desde el aire. La última vez que llegué a Cusco lo hice sin un plan definido y sin la agenda del día que nos quita la libertad de no hacer nada. Era setiembre, algo de frío y también de Sol.

Había estado varias veces en la Ciudad Imperial (así la llamamos los peruanos). Pero esta vez quería solo ‘estar’. Sin preocupaciones, sin planes, sin tours, sin tener que pensar que a Cusco hay que explotarlo desde el primer minuto para conocerlo mejor.

Cansada y despreocupada llegue al hospedaje El Artesano -gracias a la recomendacion de Renzo Guerrero que por ese entonces andaba de corresponsal en Cusco- y conseguí mi cuarto por 17 soles. Arriba, en San Blas, en la zona de los artistas; de los bohemios; de las noches juergueras; de los bares chiquitos, acogedores, amigables.

El mismo día descubrí el Coca Shop, un lugarcito tranquilo con el mejor mate de coca del Cusco -eso creo- con su limoncito y una revista para acompañar la soledad. Luego caminar, comer, andar. Un día como cualquiera, sin tour de por medio, explorando la ciudad.

Esas caminatas me llevaron al barrio de Santa Ana, en una cuesta a la que tuve que llegar en combi de 50 céntimos. Y bajar caminando por sus callecitas empinadas. Arriba, desde el mirador hice las fotos del atardecer.

Había estado cinco veces en Cusco y nunca había subido a Santa Ana, no sabía de su mirador y menos de sus callecitas donde puedes chocarte con un lugar para practicar escalada en roca. A esa hora, cuando entré, cinco niños estaban subiendo por las paredes, mientras el dueño del local les advertía que solo podían quedarse media hora.

Intenté trepar, solo pude unos metros. Los niños pasaban sobre mi cabeza. Yo seguía intentando subir y no caer. Salí de la pared de piedra con la sensación de haber encontrado otra imagen de Cusco, la menos visitada, la menos tuŕistica, la de la ciudad que vive cada día.

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