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Muchas veces he dejado Lima, para vivir en otras urbes, para conocer otros destinos, para estudiar en otros lados. Pero hasta ahora siempre he regresado a mi ciudad de 10 millones de habitantes, que está juntito a la playa, con sus mixturas, su ritmo acelerado, su niebla y su cielo gris.

Lima, a pesar de su tráfico insufrible y de sus contradicciones, es una ciudad para explorarla y vivirla, pues no se trata de un sitio de postal, mas bien, es un lugar donde cada espacio vibra con música propia. Una urbe de mestizajes, de fusiones, de migraciones.

En Lima, los cerros son de colores, no por capricho de la naturaleza, sino por elección de quienes viven en sus laderas. Esa combinación de rosado, amarillo, verde, celeste, y cuanto color se pueda poner en una pared van armando un collage que rodea la ciudad. Porque Lima está flanqueada por cerros como San Cristóbal y San Cosme, y más allá Huaycán, Comas y Villa María del Triunfo también con sus alturas.

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Las playas que casi estaban olvidadas en décadas pasadas y que solo eran visitadas durante el verano, o usadas como vía rápida, son ahora lugares de atención para limeños y foráneos. Por fin, una ciudad que vivía de espaldas al mar se ha dado cuenta que el Océano Pacífico está allí, al costado, abierto para todos. Aunque este despertar esté poniendo en riesgo la belleza de sus acantilados y de su franja costera por irresponsabilidad de sus alcaldes que se empeñan en construir moles de cemento que alteran el paisaje, y no entienden, o no quieren entender, que cuando la naturaleza te ofrece esplendor, hay que disfrutarlo como se presenta.

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Una combinación de estilos arquitectónicos se levantan en Lima. Desde las épocas prehispánica, colonial y republicana que sobreviven en el Centro Histórico y algunos distritos antiguos, hasta los edificios inteligentes que están surgiendo en la llamada Lima moderna, pasando además por los barrios de construcciones independientes y estilos variados.

La capital peruana tiene mucho que mostrar. Sitios arqueológicos como las huacas Mateo Salado, Pucllana, Huantille y Huallamarca. Casonas como Riva Agüero, Osambela, Torre Tagle. Iglesias como La Catedral, San Francisco, Santo Domingo. Museos como de La Nación; de Antropología, Arqueología e Historia; de la Inquisición; de la Cultura Peruana. Parques, plazas, playas, centros comerciales, la lista es inmensa.

Restaurantes, además, con toda la variedad de gastronomía peruana, la influencia de la comida china e italiana en chifas y trattorias, y las nuevas tendencias de fusión que están invadiendo los paladares. Y los bares que hacen de Lima una ciudad nocturna, que no duerme, que se amanece.

Esta es la Lima del siglo XXI que hoy celebra 482 años de fundación española. Una gran urbe que sigue creciendo, cambiando, alimentándose del pasado y creando su futuro. #FelizDíaLima

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20161216_171650Larcomar está vacío. El centro turístico y comercial de Lima que, según la Cámara Nacional de Turismo (Canatur), recibe medio millón de visitantes al mes, ahora está cerrado. Sus tiendas de precios altos y su glamour de centro comercial exclusivo con una espectacular vista al mar y personal de seguridad en cada una de sus entradas permanece a oscuras, cada noche, desde el 16 de noviembre, cuando un incendio en los cines UVK, ubicados en el sótano, develó una verdad: el ícono de la Lima moderna no era seguro.

Cuatro personas murieron en el incendio. Joel Mario Condori Rejas, Soledad Moreima Oliveros Trujillo, Sonia Graciela Repetto Chamochumbi y Ana Betsabé Torres Cochachín fallecieron en el lugar donde trabajaban, un espacio que tenía que ser excesivamente seguro para recibir, cada día, a cientos de personas que asisten a ver una película. Pero no lo era.

Después de la tragedia, nadie quiso asumir su responsabilidad. Pasaron varios días en los que todos los comprometidos en el correcto funcionamiento del local trataron de echarse la culpa  mutuamente. La Municipalidad de Miraflores, UVK Multicines y Parque Arauco (actual propietaria de Larcomar) exhibieron excusas diversas para no asumir lo ocurrido en los cines que se llevó cuatro vidas.

Un mes después, nadie parece acordarse de lo sucedido. El siniestro sigue en investigación y, por tanto, no se han determinado culpas ni sanciones. Mientras tanto, al interior de Larcomar, obreros pintan paredes, limpian letreros y arreglan señales, anunciando así que en pocos días se abrirán nuevamente las puertas.

Solo las cintas de seguridad que rodean el centro comercial dan cuenta de que algo pasó y que por ello es imposible ingresar. Quienes llegan hasta Larcomar se quedan dando vueltas en los alrededores, se toman fotos, caminan, juegan, descansan en los jardines cercanos. Hay quienes preguntan, otros, apenas saben qué sucedió hace un mes.

Algunos se acercan lo máximo posible para mirar dentro y descubren tiendas y restaurantes solitarios, silenciosos, expuestos al atardecer sin el bullicio habitual al que estaban acostumbrados.

Larcomar abrirá sus puertas en pocos días, antes de Navidad ha dicho el alcalde de Miraflores, Jorge Muñoz. Cuando esto ocurra, el incendio empezará a olvidarse, la investigación seguirá alargándose, quizá sin fecha ni resultados definitivos, como ha ocurrido en otras oportunidades, y las responsabilidades podrían perderse en el tiempo. Y así, quizá, el incendio marcado por la negligencia de empresarios y autoridades pasará al olvido.

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Un huanuqueño vendiendo chica de Jora de Huancayo.

Chicha de jora y wawas (pan con forma de bebé) se vendían frente a la Iglesia de San Francisco, en el Centro Histórico de Lima, el último Jueves Santo. Esa tarde dedicada a recorrer siete iglesias, según la tradición cristiana, mi ciudad gris estaba más iluminada que nunca. El Sol brillaba sobre las cabezas de los fieles que hacían cola afuera de los templos para cumplir con el ritual católico, mientras quienes no se animaban a entrar a las iglesias disfrutaban de la feria que se había armado en las calles del Centro de Lima.

Tantawawas para Semana Santa“Soy de Huánuco”, me dijo el experto en la bebida fermentada, y me aseguró que su producto había sido elaborado con el sabor huanca del Valle del Mantaro.

Yo llevaba años sin salir a explorar mi ciudad en un fin de semana largo, pero quedé fascinada con lo que encontré el Jueves Santo: una capital vibrante, llena de detalles provincianos, mostrándonos ese Perú de Todas las Sangres, como diría Arguedas.

La melcocha a un sol me devolvió a mi infancia, cuando el mayor dilema era escoger entre este manjar de leche, el algodón rosado de pura azúcar y la manzana con dulce.  No resistí a la tentación de llevarme una porción del dulce de mi niñez, esa tarde de feria en pleno Centro Histórico de Lima.

La Catedral de LimaEstaba redescubriendo Lima, como si hubiera llegado a una ciudad nueva y diferente, como si no se tratara de la urbe que veo cada día o de ese Centro Histórico que he visitado cada día, durante no sé cuántos años, cada vez que me tocaba trabajar ahí.

No llegué a entrar a las iglesias, como es tradicional en Jueves Santo. Las colas me desanimaron. Pero el brillo solar, el bullicio y ese aire de feria de pueblo me atraparon detrás de mi cámara.

Creo que muy pocas veces había disfrutado el Centro de Lima como lo hice esa tarde de Jueves Santo, sin salir de la ciudad, sin un viaje de fin de semana largo, simplemente recorriendo mis lugares comunes que ese día fueron un verdadero descubrimiento.

Plaza Mayor en el Centro de Lima

Plaza Mayor en el Centro de Lima